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Crónica: Rosana convirtió La Carbonería del Galván en un canto a la vida

  • Foto del escritor: Stanza Musical
    Stanza Musical
  • hace 5 días
  • 4 min de lectura

“Hay ciudades que siempre tienen algo de casa. Y hay noches que se convierten en recuerdo antes incluso de empezar. El próximo 26 de junio volveremos a encontrarnos para compartir canciones, historias y todo eso que solo ocurre cuando estamos juntos”.

Y así fue.


Hay artistas que llenan escenarios y hay artistas que llenan espacios mucho más difíciles de explicar. Rosana pertenece desde hace años a ese segundo grupo. El pasado viernes 26 de junio, dentro del ciclo de conciertos de La Carbonería del Galván, la artista canaria volvió a encontrarse con Madrid para demostrar que hay canciones que no entienden de tiempo y emociones que siguen intactas aunque hayan pasado treinta años.


Porque tres décadas después del lanzamiento de Lunas Rotas, Rosana continúa teniendo esa capacidad de convertir cada concierto en una conversación colectiva, en una reunión entre viejos amigos donde las canciones no se escuchan: se viven.


Fotos: Stanza Musical - Marta Pons


Pero antes del esperado reencuentro con Rosana, fue el turno de Román Mosteiro, que abrió la noche con una actuación cercana y llena de sensibilidad. Acompañado únicamente por su guitarra, el artista gallego supo transformar la espera en parte del propio concierto, conectando con un público que comenzaba a llenar el espacio y dejando canciones que invitaron a escuchar con calma, a emocionarse y a entrar poco a poco en el ambiente íntimo que marcaría toda la velada.


Con una energía desbordante y esa cercanía que siempre ha definido su manera de entender la música, apareció sobre el escenario para abrir la noche con Sin miedo. Y fue toda una declaración de intenciones. Desde el primer acorde quedó claro que aquello no iba a ser un simple recorrido por su repertorio; iba a ser un viaje por muchas vidas.


Fotos: Stanza Musical - Marta Pons


La noche avanzó entre canciones que fueron abrazando distintas emociones. Bebes de mí y La vida es bonita trajeron esa forma tan propia de Rosana de mirar el mundo desde la esperanza, mientras Puede ser y No olvidarme de olvidar conectaban con esa parte más íntima y reflexiva que siempre ha acompañado sus letras.

Uno de los momentos más especiales llegó con Soñar es de valientes y Soñaré. Dos canciones que, más allá de sus melodías, parecían funcionar como una declaración abierta a seguir creyendo, seguir apostando y seguir avanzando incluso cuando el camino se complica. Porque si algo transmite Rosana sobre el escenario es precisamente eso: una confianza contagiosa en la vida.


El concierto fue creciendo poco a poco, sin necesidad de artificios. Solo una artista, sus canciones y miles de historias personales encontrándose en un mismo lugar. Hoy y Llegaremos a tiempo fueron recibidas como auténticos himnos por un público que respondió durante toda la noche cantando palabra por palabra, convirtiendo cada estribillo en algo compartido.

Hubo espacio también para la emoción más serena con El cielo que me das y para uno de esos temas que parecen detener el tiempo, Con una hora menos, interpretada con esa mezcla de delicadeza y verdad que hace que cada verso encuentre un lugar distinto en quien escucha.


Fotos: Stanza Musical - Marta Pons


Pero si hubo un instante que simbolizó todo el significado de esta gira fue cuando llegó el momento de celebrar y recordar que se estaban celebrando treinta años de Lunas Rotas. Treinta años de canciones acompañando despedidas, comienzos, viajes, amores, pérdidas y reencuentros.

Y es que pocas artistas pueden decir que sus canciones forman parte de la banda sonora emocional de tantas personas durante tanto tiempo.


La recta final de la noche fue una auténtica celebración compartida entre escenario y público. Rosana guardó para el desenlace algunas de esas canciones que forman parte de la memoria emocional de varias generaciones y convirtió el cierre del concierto en un viaje directo a los recuerdos.


Fotos: Stanza Musical - Marta Pons
Fotos: Stanza Musical - Marta Pons

Los primeros acordes de Si tú no estás desataron uno de los momentos más especiales de la noche, con un público entregado que hizo suya cada palabra. Después llegaron Contigo, El talismán y A fuego lento, encadenando himno tras himno en un tramo final donde ya no existían diferencias entre artista y asistentes: todos cantaban como quien vuelve a un lugar conocido después de mucho tiempo.


Lejos de bajar la intensidad, Rosana siguió regalando emociones con Pa' ti no estoy y Con viento a favor, dos canciones que mantuvieron intacta esa sensación de celebración, libertad y conexión que había acompañado toda la noche.


Y entonces llegó Mañana.


Como quien no quiere despedirse del todo, Rosana puso el broche final con una canción que dejó en el ambiente esa sensación tan bonita que tienen algunos conciertos: la de querer quedarse un rato más. Porque cuando una noche está hecha de recuerdos, de canciones que llevan años acompañándote y de una artista que sigue subiéndose al escenario con la misma verdad de siempre, cuesta aceptar que el último acorde ya ha sonado.


Más allá del repertorio, lo que ocurrió en La Carbonería del Galván fue algo difícil de medir. Fue una noche de miradas cómplices, de sonrisas compartidas, de personas que quizá llegaron con recuerdos y se fueron con algunos nuevos.


Fotos: Stanza Musical - Marta Pons


Rosana no solo celebró treinta años de carrera. Celebró todo lo que ha construido junto a quienes siguen acompañándola después de tanto tiempo.

Y mientras se apagaban las luces y el público abandonaba poco a poco el recinto, quedaba una sensación difícil de ignorar: algunas ciudades siempre tienen algo de casa… y algunas noches se convierten en recuerdo exactamente como ella prometió meses atrás. Incluso antes de empezar.


Solo queda dar las gracias a La Carbonería del Galván por invitarnos a formar parte de una experiencia realmente maravillosa dentro de su ciclo de conciertos. Por seguir apostando por encuentros donde la música se vive de cerca, donde cada noche tiene algo único y donde artistas y público encuentran ese espacio especial que convierte un concierto en algo que permanece mucho después de volver a casa.

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