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Crónica: Azkena Rock Festival 2026: tres días de resistencia, barro y mucho rock

  • Foto del escritor: Stanza Musical
    Stanza Musical
  • 26 jun
  • 5 min de lectura

Hay festivales que se disfrutan y festivales que se sobreviven. Y luego está Azkena Rock Festival, que año tras año demuestra que es algo más que una sucesión de conciertos: es una forma de entender la música. En 2026 volvió a confirmarlo durante tres jornadas marcadas por el calor, la lluvia y esa sensación tan propia de Mendizabala de que, pase lo que pase, el rock siempre gana.


Desde el jueves, el recinto vitoriano volvió a convertirse en punto de encuentro para miles de personas llegadas de todas partes. El ambiente que caracteriza al Azkena estuvo presente desde el primer minuto: camisetas negras, cerveza fría, reencuentros anuales y esa mezcla de generaciones que pocos festivales consiguen mantener intacta. Las dos primeras jornadas dejaron actuaciones memorables y un público que ya empezaba a intuir que la meteorología iba a querer tener también su protagonismo este año.


Aunque este año no pudimos vivir en primera persona las jornadas del jueves y viernes, el Azkena ya había empezado a dejar momentos para el recuerdo entre chaparrones y reencuentros. Supimos de una primera jornada marcada por el carácter festivo y actuaciones muy comentadas como las de DeWolff, Imelda May, The Hives o unos celebrados The Adicts. El viernes, la lluvia se convirtió en protagonista obligando a reajustar horarios, pero no impidió que nombres como Alice Cooper, Sugar, Circle Jerks o Voivod mantuvieran intacto el espíritu de resistencia que define al festival. Cuando llegamos el sábado, Mendizabala ya llevaba dos días demostrando que ni el agua podía frenar al Azkena.


Fotos: Stanza Musical - Amaia Mendo


Nosotras no pudimos estar presentes ni jueves ni viernes, pero bastaba con escuchar a quienes llegaban al sábado con la voz rota y las zapatillas castigadas para entender que habían sido dos días intensos. El comentario era prácticamente unánime: conciertos enormes, un ambiente difícil de igualar y un cielo que iba alternando treguas y amenazas.


Y entonces llegó el sábado. Nuestro único día en Mendizabala. Y vaya si fue suficiente para recordar por qué este festival sigue teniendo algo especial.


La jornada arrancó temprano con Lepora, que jugaban en casa y se encargaron de abrir el día con energía y actitud. De esos conciertos que parecen diseñados para despertar al recinto entero y recordar que aquí no se viene a mirar: se viene a vivirlo.


Fotos: Stanza Musical - Amaia Mendo


La presencia vasca tuvo continuidad con Rodeo. Formada en 2015 y con cinco álbumes a sus espaldas, la banda tomó el escenario La Salve con una actuación contundente, intensa y sin concesiones, reafirmando el gran momento que atraviesa una de las propuestas más personales del rock vasco actual. Un directo sólido que mantuvo el pulso de una mañana que ya dejaba claro que, incluso entre barro y lluvia, el Azkena seguía siendo territorio de guitarras y autenticidad.


Fotos: Stanza Musical - Amaia Mendo


Con el calor todavía apretando apareció uno de los grandes descubrimientos del día: Split Dogs. De esas bandas que quizá llegas sin tener demasiado controladas y sales preguntándote cómo has tardado tanto en escucharlas. Su directo fue pura electricidad y gran parte de la culpa la tuvo una frontwoman magnética, de las que convierten un escenario en territorio propio con una facilidad insultante.


Fotos: Stanza Musical - Amaia Mendo


Entre concierto y concierto tocó hacer parada técnica, hidratarse y buscar algo de sombra —uno de esos puntos donde quizá se echó en falta una infraestructura algo más amable por parte de la organización— porque si algo dejó claro este Azkena fue que Mendizabala puede ponerte a prueba tanto bajo el sol como bajo el agua.


Fotos: Stanza Musical - Amaia Mendo


Y entonces llegó uno de esos momentos que se quedan grabados.

Trashville volvió a demostrar que sigue siendo uno de los corazones más auténticos del festival, el escenario que dinamita el Azkena Rock Festival con las propuestas más primitivas, locas, explosivas, rudimentarias y rabiosas.

Allí nos esperaba The Bridge City Sinners, protagonistas de uno de los conciertos más celebrados del día. La carpa estaba completamente entregada; apenas había espacio para moverse mientras el público acompañaba cada tema como si estuviera viviendo una ceremonia colectiva. Sonaron himnos como Run from the Sun o Song of the Siren, y el momento terminó de explotar cuando invitaron a Moonshine Wagon a subir al escenario para compartir canción. Caos del bueno. Del que hace recordar por qué el directo sigue siendo insustituible.


La noche tenía reservado uno de esos nombres que por sí solos justifican un cartel: Social Distortion.

Y ocurrió algo que ya casi parecía inevitable durante esta edición: volvió a llover.

Pero lejos de romper el momento, terminó elevándolo. Ver a Social Distortion sonar bajo el agua, con el público resistiendo sin moverse, convirtió el concierto en algo difícil de explicar y muy fácil de recordar. Hubo espacio para canciones nuevas y clásicos que siguen funcionando décadas después. Sí, dolió un poco que I Was Wrong se quedara fuera del repertorio, pero cuando cerraron con Don’t Drag Me Down ya daba igual. Había algo casi cinematográfico en ese final entre guitarras, lluvia y gente cantando sin importar demasiado estar empapada.


Fotos: Stanza Musical - Amaia Mendo


Y cuando parecía que el cuerpo ya no daba para más, apareció Carpenter Brut para dinamitar las pocas fuerzas que quedaban. Electrónica oscura, potencia desatada y un cierre perfecto para una jornada que parecía haber contenido varias vidas en unas pocas horas.

Al final, eso fue Azkena 2026.

Tres días de festival. Calor sofocante. Chaparrones inesperados. Barro en las zapatillas y canciones en la cabeza.


Fotos: Stanza Musical - Amaia Mendo
Fotos: Stanza Musical - Amaia Mendo

Nosotras solo estuvimos el sábado. Un único día entre lluvia, barro y guitarras que, aun así, bastó para recordarnos por qué seguimos volviendo a lugares como este. Porque hay festivales que se disfrutan y otros que consiguen quedarse contigo mucho después de abandonar el recinto.


Volvimos a casa con esa sensación difícil de explicar: la de haber vivido algo que merecía la pena, la de haber estado exactamente donde queríamos estar, aunque solo fuera durante unas horas. Con los pies cansados, la cámara llena y el corazón un poco más lleno todavía.


Y ahora sí, empieza la cuenta atrás. Porque en 2027 Azkena Rock Festival celebrará su 25 aniversario. Y si Mendizabala ha demostrado algo durante todos estos años es que nunca ha sido solo un festival: ha sido un lugar al que volver, una tradición para muchos y un refugio para quienes siguen creyendo que hay canciones que se viven mejor bajo un cielo gris y entre desconocidos que, durante unos días, parecen los de siempre.


Así que sí: aunque acabemos de irnos, ya estamos contando los meses para volver a cruzar esas puertas y reencontrarnos con todo aquello que hace del Azkena algo tan difícil de explicar y tan fácil de echar de menos.


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