Crónica: Taburete conquista Burgos con un Andén 56 abarrotado y donde el corazón cantó más fuerte que nunca
- Stanza Musical

- 23 feb
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Después de meses de espera, de escuchar El perro que fuma en bucle imaginando cómo sonarían en directo, de recordar viejos himnos que ya son parte de nuestra memoria colectiva, la fecha del 13 de febrero estaba marcada en rojo.
Había una expectación distinta en el ambiente. No era solo otro concierto en la agenda cultural de Burgos; era el regreso de Taburete, era la noche en la que por fin volvíamos a encontrarnos con esas canciones que nos han acompañado en tantas etapas de nuestra vida.
La Sala Andén 56 colgó el cartel de “entradas agotadas” días antes, como si la ciudad entera hubiese decidido que no podía faltar a esa cita. Y no era para menos. Taburete no es solo una banda; es una forma de entender la música desde la emoción, la nostalgia luminosa y la celebración compartida. Sus letras nos han enseñado a abrazar la melancolía sin perder la sonrisa, a cantar las heridas y a brindar por lo vivido.
Por eso, cuando se apagaron las luces y los primeros acordes rompieron el murmullo nervioso de la sala, no solo comenzaba un concierto: comenzaba un reencuentro esperado, necesario y profundamente sentido.
El concierto comenzó con “Cuando los hombres lloran”, y bastaron los primeros acordes para que el público rompiera en un grito unánime. No fue una simple bienvenida: fue una explosión de alegría contenida. Ver a la banda aparecer sobre el escenario —decorado como el salón de una casa, con lámparas cálidas y un ambiente íntimo— reforzó esa sensación de cercanía. No era un show distante; era una reunión entre amigos.
Fotos: Stanza Musical - Bianca Petrisor
Sin apenas dar respiro, llegaron “Belerofón”, “110”, “Abierto en vena” y “De menos”, esta ultima convirtió la nostalgia en un abrazo colectivo y fueron estas cinco canciones las que marcaron el pulso inicial de la noche.
Taburete no solo tocaba: conectaba. Willy jugaba con el público, sonreía, señalaba a las primeras filas. Se notaba la complicidad, la gratitud mutua. Mientras que Antón desde su posición habitual, guitarra en mano, sostuvo el andamiaje sonoro con una mezcla de precisión y desparpajo que define la identidad del grupo.
El viaje continuó con “México DF” y “5 sentidos”, siendo esta última una de las más coreadas de la noche. Andén 56 se convirtió en un coro gigantesco; no había una sola voz callada. Era emocionante comprobar cómo canciones que ya forman parte de la banda sonora de tantos años siguen creciendo en directo.
Después llegó uno de los momentos más especiales del concierto. En formato acústico, sentados y en un ambiente aún más íntimo, interpretaron “Fenómenos cantantes”, “Las últimas flores” y “Penúltimo beso”. La iluminación cálida, las lámparas encendidas y el silencio respetuoso del público transformaron la sala en un auténtico salón compartido. Fue un instante de piel erizada, de miradas cómplices y móviles en alto iluminando la emoción.

La energía volvió a subir con “Amos del piano bar” y “Mariposas”, preparando el terreno para uno de los momentos más explosivos: “Sirenas”. Ahí, sin duda, el público se vino arriba. Saltos, gritos, brazos al aire. La sala vibraba literalmente bajo los pies. Es uno de esos temas que, en directo, adquiere una dimensión casi épica.
Y cuando parecía que no se podía dar más, llegó el cierre por todo lo alto: “Vino y cemento”, “Roto elegante” y “Caminito a motel”. Tres golpes finales que dejaron a Burgos sin voz pero con el corazón lleno. La banda se despidió entre vítores interminables, aplausos ensordecedores y una sensación compartida de haber vivido algo especial.

La gira El Perro que Fuma está mostrando a un Taburete maduro, seguro de su identidad y más cercano que nunca. Apostar por salas con escenografías íntimas —como ese salón improvisado en Andén 56— no es casualidad: es una declaración de intenciones. Quieren que el público se sienta en casa. Y en Burgos lo consiguieron.
Lo del viernes no fue solo música en directo. Fue un reencuentro esperado, una celebración colectiva y la confirmación de que Taburete sigue teniendo esa capacidad única de convertir canciones en recuerdos imborrables.
Y Burgos no solo los escuchó. Burgos los cantó.

Y si te quedaste con las ganas de verlos en directo, aún estás a tiempo de hacerte con tu entrada en próximas fechas. Porque a Taburete no solo se les escucha: se les canta a pleno pulmón, se les vive y se les siente. Si buscas una noche de buen ambiente, canciones coreadas sin descanso y ese punto de complicidad que solo se crea en los grandes directos, su próximo concierto es, sin duda, un plan que no deberías dejar pasar.










