La noche del 23 de abril en la Sala Wagon de Madrid no fue simplemente un concierto: fue un reencuentro largamente esperado, una celebración de la música y de los vínculos invisibles que un artista como Nek ha sabido tejer durante décadas con su público. Desde mucho antes de que se apagaran las luces, el ambiente ya estaba cargado de emoción. A la entrada del recinto, entre abrazos, sonrisas nerviosas y conversaciones entre fans, se respiraba una ilusión contenida que llevaba